Revolución mediática
Recorro con prisa el departamento. Bebo sorbos largos de café sentado frente a un monitor que dice muchas cosas, aunque hace pocas. La obsesión me recorre todas y cada una de las venas de mi cuerpo; estoy obsesionado y no puedo detenerme.
Cuando una idea se me clava en el pecho, poco a poco se aloja en el corazón, para después convertirse en algo más intelectual: pensamientos quemados por el asador de una maquinaria precaria, chispazos de información en los sesos, severa crítica a la razón impura. Corazón y cerebro, malas compañías, combinaciones explosivas e incompatibilidad nociva para la cordura.
La necesidad asfixiante de lograr mi cometido, el rumbo sin tropiezos, el cueste lo que cueste –con su “me vale madres” añadido- y una severa dosis de frustraciones, me llevan, me llevan y en el camino, me siguen arrastrando hasta quien sabe donde.
No parar nunca -más por orgullo que por inteligencia- para vivir obsesionado con una idea que cambiará al mundo, al menos el mío y de quienes me rodean.
Una idea. Todo comienza con una idea.
Diego Ramos, fiel a su causa y a la (verdadera) revolución mediática por Internet.

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